Hay personas que uno conoce durante un viaje y después, con el paso del tiempo, descubre que aquel viaje era mucho más que un viaje.

Eso pasó con Guillermina Pereyra.
Vivía en un paraje de la zona de La Tablada, cerca de Pocho, junto a su hijo Mercedes, conocido por todos como Mecho. Desde allí hacía periódicamente el recorrido hasta Pocho para comprar lo necesario para la casa o atender cuestiones de salud.
El trayecto era corto.
Unos seis kilómetros.
Pero cuando Guillermina subía al colectivo, el viaje cambiaba.
@ignacio.payero2 Miren a quien encontré hoy. La GUILLE pasajera más famosa de la pampa de pocho q la saludan de NORTE AMÉRICA .. ah y me dijo q si alguna quiere carta para el novio q avise jaja. Q es terrible para ese tipo de carta
La pasajera que nunca viajaba en silencio
Durante años, quien compartió buena parte de esos recorridos fue Ignacio Payero, chofer de la empresa Sarmiento.
Ignacio la conocía bien.
Sabía que Guillermina no era de quedarse mirando por la ventanilla.
Arrancaba el viaje y aparecían las historias.
Una canción.
Una conversación.
Alguna pregunta sobre la familia.
Un recuerdo.
Una ocurrencia.
Lo que para otros podía ser simplemente un traslado entre dos puntos, para ella era una oportunidad para conversar y encontrarse con alguien.
Ignacio la recuerda especialmente por eso: por la compañía que sabía dar.
Y quizás sea esa la mejor manera de explicar quién era Guillermina.
No por lo que tenía.
Sino por lo que entregaba.
@ignacio.payero2 Acá anotando los consejos de la Guille
Una vida sencilla junto a Mecho
Guillermina y Mecho llevaban una vida humilde, ligada al campo y a las distancias.
Habían conocido épocas difíciles y también encontraron, a lo largo de los años, personas que estuvieron dispuestas a ayudarlos.
Mecho tuvo además una experiencia que su madre vivió con enorme orgullo: asistió al CENMA para Adultos de Pocho.

Llegaba muchas veces desde el campo a caballo.
Guillermina aparecía después, caminando o buscando la manera de llegar.
Ella estaba pendiente de cada paso de su hijo.
Mecho, mientras tanto, tenía una particular relación con la música y la radio. Era de esos hombres capaces de recordar una canción entera y disfrutar de los artistas que marcaron otras épocas.
Entre las clases, los viajes y las conversaciones fueron construyendo sus propias historias.
Historias pequeñas para el mundo.
Enormes para quienes los conocieron.
Cuando el campo también es una manera de vivir
La vida de Guillermina estaba lejos de los lujos.
Pero quienes tuvieron contacto con ella recuerdan que no parecía necesitar demasiado para sentirse acompañada.
Un mate.
Una charla.
Una visita.
Una ayuda.
Una canción.
Hasta las dificultades podían terminar convertidas en una anécdota.
En los últimos tiempos, algunos momentos protagonizados por Guillermina durante sus viajes comenzaron a circular en redes sociales y muchas personas conocieron su particular manera de hablar y de contar.
Pero para quienes eran de la zona, ella no apareció de repente en ningún video.
Guillermina ya era conocida mucho antes de que existiera una cámara para mostrarla.
La conversación que Ignacio no olvida
Entre tantos viajes hay uno que Ignacio recuerda de manera especial.
Fue la última conversación que mantuvo con ella.
Hablaron de su hermano.
Hacía aproximadamente dos décadas que no tenían contacto.
El tiempo había sido tan largo que ambos habían llegado a pensar que el otro ya no estaba.
Pero la historia tuvo un giro inesperado.
El contacto volvió.
Y con él apareció la posibilidad de verse nuevamente.
Habían acordado encontrarse el 10 de septiembre.
Después de veinte años.
Había una fecha esperando.
Había un abrazo que todavía no se había dado.
Había palabras acumuladas durante dos décadas.
Pero Guillermina murió el 3 de septiembre.
Una semana antes de aquel encuentro.
Y quizá sea esa una de las cosas que más duelen de esta historia.
No solamente la ausencia.
Sino todo aquello que quedó a pocos días de suceder.
Ahora quedará su voz en el camino
Ignacio seguirá manejando.
La ruta de tierra seguirá llevando y trayendo gente.
Los seis kilómetros entre La Tablada y Pocho no van a cambiar porque Guillermina ya no esté.
Pero para quienes compartieron sus viajes, algo sí cambió.
Ya no estará aquella voz desde el asiento.
Ya no habrá una canción inesperada.
Ni una historia para hacer más corto el recorrido.
Quizás por eso las despedidas del interior tienen algo particular.
No solamente se despide a una persona.
También se despide una costumbre.
Una presencia.
Una voz que formaba parte de la vida cotidiana.
Guillermina dejó eso.
Y también dejó el recuerdo de una madre que estuvo siempre pendiente de Mecho, de una mujer que supo atravesar una vida difícil sin dejar de encontrar motivos para conversar, cantar y hacer reír.
Un recuerdo que merece quedarse
Desde Línea 1 queremos agradecer especialmente a Ignacio Payero, por abrir el recuerdo y ponerle palabras a una historia que de otra manera quizás hubiera quedado solamente entre quienes conocieron a Guillermina.
Porque el interior está lleno de personas como ella.
Personas que no aparecen todos los días en las noticias, pero que forman parte de la memoria de los pueblos.
Guillermina fue una de ellas.
Y cuando Ignacio vuelva a pasar por aquel camino de tierra, seguramente habrá un momento en que el silencio diga algo.
Tal vez recuerde una canción.
Tal vez una de tantas historias.
Tal vez simplemente mire hacia atrás.
Y por un instante, esos seis kilómetros vuelvan a tener la compañía de aquella mujer que hizo del viaje un encuentro.
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